El rápido consumo de los deseos

Norma Bejarano

Psicóloga-Sexóloga

En Sonja habitaba un deseo que era amueblado constantemente para  alimentar el momento del encuentro con Jamuro. Era una escena que ella reconocía como algo «común»;  no era nada del otro mundo, pero le motivaba la representación. Sonja quien luego de un largo proceso ha dejado de temer a su desnudez decide hacerle un baile sensual a Jamuro, pausado, erotizado, donde tras la conversación de amantes iniciaría una coreografía con movimientos sinuosos, y en el que las ropas irían cayendo lentamente al ritmo de la música de fondo elegida para la ocasión. Imaginaba esa escena, se despojaría de los atuendos y accesorios sin pena, eso sí, con gloria.

En su relato deseante, Jamuro haría lo propio, acercándose con apetito gourmet a su cuerpo para tomarla y unirse en ese baile desnudos piel con piel, saborearse, degustarse y luego (muy luego), devorarse. Pero la realidad y el rápido consumo de los deseos hicieron lo contrario. Ante el inusitado baile de Sonja, la excitación de Jamuro se elevó tanto que la miró, le sonrió, e inmediatamente estiró la mano para tocarle un pezón, y rápidamente bajar a su vulva tanteando si estaba húmeda para intentar la penetración… La velocidad del gesto, o mejor, el impulso, hicieron sentir mal a Sonja. «Me sentí tonta» dice, “sentí rechazo por el ritual y por mí. En lugar del acercamiento sentí que le interesaba lo útil, la voracidad, el afán por consumir y engullirme”. A partir de ese momento ella decide apartarse del juego.


¡El obsesivo paso al acto!

El no tener tiempo que perder; la exigencia por lo práctico y la inmediatez genera efectos que rompen la capacidad de comprender, de crear, y de vivir el momento presente. Sin tiempo, no hay posibilidad de encarnarse o vivenciarse, no hay capacidad de recepción, de valoración ni creación pues se desarticula el deseo. La idea de dar el paso acto, y sobre todo al «acto sexual» no da tiempo al deseo que necesita encenderse, excitarse, extenderse.

Ese, lo quiero ¡ya! que consiste en desear e inmediatamente hacer, esa alteración, o el rápido consumo de los deseos es el origen de la inmensa mayoría de las dificultades sexuales y las discusiones de las parejas. Deseo es el encuentro y el anhelo del otro, que no solo las ganas furiosas de «follar» con el otro.

¡La erotización de la espera!

En el aplazamiento, o mejor, el alargamiento entre el estímulo y la respuesta, si uno habla en términos conductuales, reside la noción de «espera erotizada». Este concepto sexológico es creado con la idea de volver a narrarse (pero) «erotizadamente» aquellas historias que hoy han tomado un ritmo rápido debido a la falta de cultura deseante, aspecto que provoca ciertas heridas en los encuentros entre sujetos sexuados.

Parafraseando a Valérie Tasso, no se trata de bloquear el deseo en su fase de ascensión hasta lo deseado, ni de impedir que se alcance el objetivo de manera infinita sino que en su camino se despliegue todo el potencial de gozo y de sentido que tiene el desear. «La espera como tiempo activo entre el deseo y su realización, en todo caso, su dilatación y demora, permite connotar (enlazar, vincular) al otro, a uno y otro sexo, de elementos asociados en intensidad y variedad. Si no se da esa espera, a parte del empobrecimiento del deseo, se suprime esta posibilidad» nos escribe Efigenio Amezúa en su Teoría de los Sexos.

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